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El muro de medio siglo

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Estados Unidos, Cuba y una patada al tablero del mundo

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Dos países, 53 años y un “muro” de 170 kilómetros. La historia es conocida en todo el mundo. Desde que la revolución castrista se impuso en Cuba en 1959, las relaciones entre Estados Unidos y el país caribeño comenzaron a deteriorarse, hasta que en 1961, los países cortaron el poco vínculo diplomático y comercial que quedaba entre ellos. Estados Unidos y Cuba conformaron, tal vez, la rivalidad ideológica más fuerte de la segunda mitad del siglo XX. El capitalismo y el comunismo, en sus máximas interpretaciones, se declararon una guerra virtual (y casi real) que comenzó a finalizar recién ahora. 17 de diciembre de 2014, es la fecha. Después, Guerra Fría, misiles apuntados, bloqueo comercial, espionaje, recrudecimiento de medidas y, sobre todo, un odio infundado, o más bien fundado en ideologías políticas y comerciales, hicieron que se levantara entre ellos, durante los últimos 53 años, un muro conceptual, que hasta ahora, parecía imposible de derrumbar.

El Papa Francisco cumple 78 años y los presidentes Barack Obama (de Estados Unidos) y Raúl Castro (de Cuba) le agradecen por su gestión y compromiso para que la noticia del día sea otra: se retoman las relaciones diplomáticas entre ambos países y arranca, entre ellos, una era de diálogo basado en la igualdad soberana. La noticia vuela por el mundo en cada uno de los videos que emitieron los gobiernos. Como símbolo de paz, ambas naciones liberan a presos acusados de espionaje y los envían de vuelta a sus países. Distintos medios del planeta se hacen eco de la información y comienza el análisis de la situación.

[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column width=»1/1″][vc_video link=»https://www.youtube.com/watch?v=fNuLJTrBICA»][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column width=»1/1″][vc_video link=»https://www.youtube.com/watch?v=OBdNITX413g»][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column width=»1/1″][vc_column_text]¿Qué pasará ahora? ¿Por qué esta medida en este momento? ¿Quién gana y quién pierde en todo esto? ¿Cómo le puede servir esta circunstancia a Cuba y a la región para construir desarrollo? Veamos un poco qué se dice acerca de la coyuntura global para tratar de responder algunas de estas cuestiones. En primer lugar, parece ser cierto que mucho tuvo que ver la influencia del Papa Francisco en la recomposición de la relación bilateral. El diálogo del Sumo Pontífice con los dirigentes y funcionarios de ambos países, habría hecho que esto fuera posible. Por eso, el agradecimiento de las dos partes.

Por otro lado, China y Rusia se están acercando, cada vez con más fuerza, a las naciones latinoamericanas. Las imágenes, más o menos recientes, de Xi Jinping y de Vladimir Putin en sus giras comerciales por la región, dan cuenta de esto. El plano económico del mundo experimenta ciertos cambios; la “dependencia” económica que tienen los países de la región con EE. UU., puede entenderse amenazada a causa de las relaciones comerciales con las nuevas potencias. Esta “intromisión” de China y Rusia en el continente, sumada a la caída del precio del petróleo en el mundo, puede hacer que Estados Unidos trate de reforzar sus vínculos con los países de Latinoamérica y, en este marco, busque sostener cierto liderazgo que se puede encontrar amenazado. A Cuba, por su parte, este reacercamiento con EE. UU. parece posicionarla de otra forma frente al mundo. La integración aparece como una oportunidad favorable y necesaria para el crecimiento de la isla. La apertura al diálogo y la posibilidad de negociar el embargo y el bloqueo económico, le da la posibilidad de pensar en mejorar varias cosas: por ejemplo, rescatar de la marginalidad a muchos cubanos, atraer inversiones en infraestructura edilicia y de telecomunicaciones, y acceder a productos a los que antes no accedían. Además, los planos de educación y salud, en los que ya tiene buenos índices, podrían verse complementados con avances en tecnología y ciencia, levantando aún más su calidad y posicionándola en un lugar de prestigio y competitividad internacional.

Asimismo, América Latina entera podría encontrar indicios de beneficios en este acercamiento entre Estados Unidos y Cuba; no sólo por la integración de este último a una dinámica pareja de relaciones entre países del bloque regional, sino también por la ductilidad demostrada por el gigante norteamericano en términos de reconocimiento de errores y posibles perjuicios. De esta forma, las perspectivas de desarrollo de la región se ven alentadas y empoderadas. Estados Unidos y Cuba han dado un paso gigante en la destrucción de un muro separatista. Patearon el tablero y se abrieron al diálogo. Latinoamérica demuestra que está en condiciones de integrarse al mundo y de buscar su lugar en la rueda del desarrollo.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

Repensar el desarrollo

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De los números a las personas

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Una visión de desarrollo muy recurrente es la que está casi perfectamente alineada al crecimiento económico de los países. “Si se optimizan los recursos naturales y aumentan el PBI, la producción, o las inversiones, el país crece en desarrollo”.

Básicamente, y de manera exagerada, ese es el parámetro que muchas veces usan los gobiernos, los estadistas y los críticos, para hablar bien o mal de un país o una región. Sin embargo, en más de una oportunidad, y sobre todo en algunos países latinoamericanos, ha quedado a la vista del mundo que desde esta visión economicista, no se logra impactar positivamente sobre las personas, si no existe un entorno cultural e institucional que permita convertir ese crecimiento en calidad de vida.

Por esta razón, otra forma de entender el desarrollo está buscando su espacio entre las discusiones de las sociedades actuales. Se trata de una visión más humanista, que comprende al desarrollo integrando un conjunto de factores que hacen al bienestar de las personas, y por extensión, de la sociedad.

Esto no significa ausencia de logros si en una nación crece el PBI, aumentan las exportaciones y se reciben más inversiones extranjeras. Al contrario, quiere decir que ese país tiene una oportunidad para subirse a la rueda del desarrollo. Pero esa oportunidad sólo será aprovechada en tanto las instituciones sean capaces de comprender la necesidad de renovarse permanentemente, estando siempre al servicio de los ciudadanos, tanto desde lo legal como desde lo ético.

Concretamente, el desarrollo existe en las personas y en la cultura. Educación, Salud, Seguridad (social y afectiva), Libertad, Equidad y Calidad de Vida, son las necesidades y deseos que movilizan a las personas para llevar adelante el desarrollo de forma integral. Amartya Sen, economista y filósofo indio, fue uno de los precursores en este tema. Por primera vez, en la década del 60, cuestionó los parámetros con los que se medía el desarrollo, objetando que los valores humanos no podían ser relegados en esta medición. Indicadores blandos, como la libertad (de acción, pensamiento y crecimiento intelectual), la Justicia, o la Seguridad (estabilidad), debían tenerse en cuenta para comprender realmente la situación de los países y de sus habitantes. Con el tiempo, su teoría fue tomando peso entre la comunidad académica, y hoy, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), mide el Índice de Desarrollo Humano utilizando, entre sus indicadores, algunos de los propuestos por Amartya Sen.

La capacidad de comprender que las variantes económicas son sólo una herramienta más para la formación de desarrollo, es lo que distingue a esta visión, que pone el énfasis en la persona, preocupándose más por el despliegue de sus potencialidades en la diversidad, que por la cantidad de dólares que representa en el PBI de su país. En el mundo actual, tan vertiginoso, donde ayer parece viejo y mañana indescifrable, se hace necesario poner una pausa y reflexionar cómo queremos vivir y medir nuestros niveles de desarrollo de ahora en más.

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Brasil sí salió campeón

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El pueblo lo hizo

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Brasil sí salió campeón en este mundial, pero no los jugadores como equipo de fútbol; sino la gente, como sociedad. Las manifestaciones callejeras que ocuparon las portadas de los medios del mundo durante los últimos meses, no fueron ningún capricho del pueblo brasileño. Y aunque durante el tiempo que duró el fútbol, no se habló de otra cosa que de eso, nunca dejaron de existir las movilizaciones de un sector de la sociedad que se expresa con convicciones más que interesantes. ¿Qué es lo que pasa en Brasil, entonces? Básicamente, ha creado a su propio “monstruo”. Hasta el día de hoy, y desde que el Partido de los Trabajadores llegó al poder en el año 2003, con Lula da Silva como presidente, se han producido grandes cambios en la República Federativa de Brasil. La economía creció notablemente (hoy es la séptima más fuerte del mundo), las relaciones internacionales se potenciaron, el porcentaje de población infantil analfabeta se redujo alrededor de un 30%, y más de 40 millones de personas salieron de la pobreza.

Todos estos logros son reales y se le reconocen, tanto a Lula da Silva, como a la actual presidenta Dilma Rousseff.

Sin embargo, y en rigor de verdad, a Brasil aun le quedan muchos pendientes por resolver. Si quisiéramos nombrar algunos, podríamos decir que las favelas o asentamientos, todavía albergan la vida precaria de más de 10 millones de personas, que los cupos universitarios son mínimos en relación a la demanda estudiantil, que la atención hospitalaria está permanentemente colapsada, que los delincuentes y el narcotráfico se manejan con impunidad, y que la infraestructura del transporte público ya hace años no logra cumplir con su objetivo de trasladar en tiempo y forma a los pasajeros. Inclusive, si miramos la tabla de Desarrollo Humano de la ONU, que mide la calidad de vida de todos los países del mundo en relación a una serie de indicadores, encontraremos a Brasil en el puesto 85.

Pero retomemos la pregunta inicial: ¿Qué es lo que pasa en Brasil? Los avances indiscutibles de la última década, y la ostentación de crecimiento y promesas de potencia, admiten (aunque a la dirigencia no le guste) una inquietud genuina por parte del pueblo, que a sabiendas del enriquecimiento económico, encuentra una fragilidad en las instituciones para traducirlo en enriquecimiento cultural, es decir, en calidad de vida. La precariedad de los logros se transforma en evidencia para el ciudadano. Y lo que en verdad sucede, es que el mismo estado que no está garantizando las necesidades de sus habitantes, sí estuvo gastando cifras estrambóticas en organizar un campeonato mundial de fútbol, con la construcción de estadios que se usaron entre cuatro y ocho veces, y luego generarán más gastos que ingresos.

Esto, naturalmente, hace que se desencadenen expresiones y manifestaciones de distintos sectores de la sociedad. La nueva clase media, salida de la exclusión, con aspiraciones e intereses, comienza a expresar su insatisfacción con la representación política. Las comunidades aborígenes, desplazadas de sus tierras, también muestran su descontento. Los sin techo reclaman por vivienda, salud y comida. Los empleados públicos exigen aumento de sueldo. Y el estudiantado, cansado de las irregularidades, sale a pedir inversiones en infraestructura y en reformas edilicias de colegios y universidades. Todos ellos tienen algo en común: quieren seguir progresando. Ya conocen el potencial de su país (la historia reciente se los mostró), y ahora ven factible la posibilidad de integrarse plenamente al mundo, e ingresar en la senda desarrollista de manera completa.

Por eso, retomemos una vez más la pregunta inicial: ¿Qué es lo que pasa en Brasil? Brasil está despertando de un sosiego que aúna a los países subdesarrollados. Su pueblo sabe que el crecimiento económico del país no asegura el progreso, y está exigiendo que la dirigencia política levante el guante de este reclamo y actúe al servicio de la sociedad. La dinámica cívico-política fue encendida por la vibración de un pueblo que ve factible el desarrollo, y le propone un contrapunto a sus gobernantes para que se hagan cargo de tramitar esta posibilidad. Por eso, Brasil sí salió campeón. O al menos, su gente lo hizo.

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